
"Las heridas de odio supuran, y se está infectando el alma del pueblo"
Garcia Cuerva en Luján contra el odio como política
Editorial: Jorge Romani
Con más de dos millones de fieles bajo la lluvia y el barro, el arzobispo de Buenos Aires cerró la 52ª Peregrinación Juvenil con una homilía que fue mucho más que una misa. Fue un diagnóstico brutal de la Argentina de hoy.
- No habló de política partidaria. No necesitó hacerlo. Le alcanzó con describir lo que se respira.
Jorge García Cuerva se paró frente a la Basílica más importante del país, ante una marea humana que caminó toda la noche desde Liniers, y dijo en voz alta lo que muchos sienten en voz baja.
“Las heridas de la descalificación, de la intolerancia, de la violencia física y verbal, supuran”.
Y remató, más duro aún:
“Las heridas de la intolerancia supuran y se está infectando el alma del pueblo”.
No fue una homilía tibia. Fue una denuncia.
La peregrinación como espejo invertido del país
El punto más potente de su mensaje fue el contraste. García Cuerva puso a la peregrinación como la contracara exacta de la Argentina de los timelines, de los gritos en televisión, de la pelea permanente.
“En la peregrinación no hay grietas ideológicas ni exclusiones, no hay lugar para los discursos de odio”, lanzó.
Mientras afuera todo se discute a los insultos, adentro — en esos 60 kilómetros de barro, lluvia y bolsas en los pies — caminaron juntos el militante y el apolítico, el que cree y el que duda, el del conurbano y el del interior. Caminaron juntos porque nadie preguntó a quién votás para darte agua.
El Arzobispo lo sintetizó en una frase que debería ser tapa de todos los diarios mañana:
“Cuando caminamos juntos, no les damos lugar a los discursos de odio”.
Es una crítica directa a un modelo de convivencia que se volvió negocio: el de la confrontación permanente como forma de hacer política, de hacer rating, de hacer click.
Los abrazos pendientes
En el momento más humano de la misa, García Cuerva habló de deuda. No económica. Moral.
“Nuestra Patria tiene muchos abrazos pendientes, abrazos de perdón ante la descalificación y el insulto, abrazos solidarios ante tanta indiferencia”.
Ahí está la clave de su crítica. No es solo que nos insultamos. Es que nos volvimos indiferentes. Naturalizamos que el otro sea un enemigo a destruir, no un argentino con el que no coincido.
La Iglesia, que conoce de grietas argentinas como pocos actores, vuelve a advertir: cuando el insulto baja desde arriba, la herida supura abajo. Y cuando supura mucho tiempo, se infecta.
El mensaje de García Cuerva no fue para los peregrinos que llegaron empapados a Luján. Ellos ya entendieron todo. Fue para los que miramos la peregrinación por TV, para los que dirigimos, para los que opinamos, para los que tenemos un micrófono o un celular en la mano.
En una semana donde Luján se prepara para el mayor desafío logístico de su historia — la misa del papa León XIV el 11 de noviembre con 17.000 agentes de seguridad —, el Arzobispo dejó la vara altísima.
La pregunta ya no es si dos millones de personas pueden caminar juntas sin odiarse. Ya demostraron que sí.
La pregunta es si el resto del país puede hacerlo el lunes, cuando se apagan las velas de la Virgen.