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El auge de las importaciones pone en jaque al mercado interno argentino

El espejismo.o del consumo global: cuando las compras puerta a puerta desmantelan la industria nacional

El auge de las importaciones pone en jaque al mercado interno argentino

El espejismo.o del consumo global: cuando las compras puerta a puerta desmantelan la industria nacional

​La apertura indiscriminada y la desregulación extrema han comenzado a mostrar su cara más amarga en la economía real argentina. Mientras desde los despachos oficiales se celebra una supuesta "libertad de mercado" traducida en récords históricos de importaciones, el entramado productivo nacional atraviesa uno de sus momentos más críticos.

 El auge del sistema courier no es un simple cambio de hábito del consumidor; es el síntoma de un modelo que está vaciando el mercado interno y comprometiendo el futuro del trabajo argentino.

​Un modelo de "ganadores y perdedores"
​La resolución 5608/2024, que elevó el tope de compras por courier a tres mil dólares, ha funcionado como un catalizador de un proceso de desindustrialización acelerada. Al facilitar el ingreso de bienes extranjeros con escasas trabas, el Gobierno de Javier Milei ha impulsado un sistema que privilegia a las plataformas globales y empresas de logística internacionales por sobre la PyME local, que hoy lucha por mantener sus persianas levantadas.

​El impacto es directo: la industria nacional opera a niveles mínimos históricos mientras el consumidor, acuciado por la pérdida de poder adquisitivo y seducido por la apreciación del peso, vuelca sus gastos hacia afuera. Es la paradoja de un modelo que busca ser "global" mientras destruye las bases que sostienen el empleo dentro de sus propias fronteras.

​El precio de la desregulación
​Resulta ingenuo —o cínico— presentar este aumento de importaciones como un éxito económico. El crecimiento explosivo de las compras por courier, que ya se posiciona entre las categorías más relevantes del comercio exterior, refleja una economía que se contrae para la producción y se expande únicamente para la intermediación extranjera.

​Los datos presentados son alarmantes: mientras los comercios locales cierran sus puertas ante la imposibilidad de competir en desigualdad de condiciones, las estadísticas de importación suben. Este "cóctel" de medidas —apertura comercial, apreciación cambiaria y desregulación— no está fomentando la competitividad; está forzando un modelo de supervivencia que, en el largo plazo, deja a un país sin fábricas y a miles de trabajadores sin sustento.

​La urgencia de una política con rostro humano:

​Es imperativo que el debate económico abandone la frialdad de las planillas de cálculo y se enfoque en las consecuencias sociales. Un país no puede sostenerse únicamente sobre la base de consumir productos fabricados a miles de kilómetros de distancia. La ausencia de políticas que estimulen la demanda interna y protejan la producción nacional no es un error de diseño, sino la esencia de un modelo que ha decidido sacrificar la soberanía productiva en el altar de una desregulación sin matices.

​Si el objetivo es una economía que genere bienestar para todos, el camino actual es un callejón sin salida. La defensa del trabajo nacional no es una postura nostálgica, es una necesidad estratégica para evitar que, en el afán de ser "globales", Argentina termine siendo, simplemente, un mercado vacío.

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