
Agostina Vega y una herida que sigue abierta
" El grito de Ni Una Menos"
Cada nuevo femicidio vuelve a sacudir a la sociedad y expone una realidad dolorosa que, a pesar de los años de lucha, sigue cobrando vidas. El crimen de Agostina Vega se suma a una larga lista de mujeres que fueron víctimas de la violencia machista, una problemática que continúa siendo una deuda pendiente para el Estado y para toda la comunidad.
A más de una década del nacimiento del movimiento Ni Una Menos, las estadísticas y los casos que conmocionan al país demuestran que las consignas siguen vigentes. Detrás de cada nombre hay una historia truncada, una familia destruida y una sociedad que vuelve a preguntarse qué más debe ocurrir para que la violencia de género deje de ser una amenaza cotidiana.
La indignación no alcanza. Cada femicidio obliga a revisar el funcionamiento de las instituciones, la eficacia de las medidas de prevención y la capacidad de respuesta ante las denuncias. También interpela a una cultura que todavía naturaliza conductas violentas y desigualdades que terminan generando escenarios de extrema vulnerabilidad para muchas mujeres.
El caso de Agostina Vega vuelve a poner en el centro del debate la necesidad de políticas públicas sostenidas, educación para la igualdad, acceso a la justicia y mecanismos de protección que funcionen de manera efectiva. No se trata únicamente de reaccionar ante la tragedia, sino de evitar que la tragedia ocurra.
Ni Una Menos no es solamente una consigna. Es un reclamo urgente por el derecho a vivir sin miedo. Es la exigencia de una sociedad que no quiere acostumbrarse a contar víctimas. Es el compromiso de recordar cada nombre y de transformar el dolor en una demanda permanente de justicia.
Porque cuando una mujer es asesinada por la violencia de género, no fracasa solamente quien comete el crimen. También fracasan las estructuras que no lograron protegerla. Y mientras siga existiendo una sola víctima más, el grito seguirá resonando con la misma fuerza: Ni Una Menos.